TITANIC
Cuando el barco empezó a sumergirse
el pánico invadió los camarotes.
Pocos se salvarían esa noche,
la orquesta se quedó tocando,
el capitán besó el timón
de despedida,
los pobres no cabían en los botes,
dentro del gran salón los caballeros
esperaban a la muerte bien vestidos.
El poeta tampoco viviría,
por eso tras perder toda esperanza
se alzó hacia la cubierta con orgullo,
el pecho contra el viento
el agua en los tobillos,
a escribir la metáfora perfecta,
aquel último verso luminoso,
la gran obra maestra
que a su pesar tenía que ser corta,
poco leída,
quizá infravalorada.
Pero perfecta.
La muerte dijo estar muy complacida,
su figura quedó de maravilla
en aquella canción desesperada.
Nadie más la escuchó,
el agua tragó su cuerpo, borró su nombre,
su tumba fue sellada por el hielo
en el fondo de un mar en prosa,
oscuro e impiadoso,
cruel y mudo.
sábado, 2 de junio de 2012
Tomos
TOMOS
En mi librería hay una sección para muerte,
y otra para la historia de Irlanda,
unas pocas estanterías con poemas de China y de Japón,
y en el centro una fila de imperturbables libros de referencia,
aquellos a los que uno puede ir siempre,
cuando la noche se equivoca
o el día es una promesa vacía.
No tengo nada en contra
del fino monográfico, o la extraña duda,
la nota sobre la identidad del dentista de Chejov,
pero lo que prefiero en días así
es sentarme en el sillón,
tomar La Historia del Mundo,
y tener entre mis manos un libro
que contiene casi todo
y no pesa más que un saco de patatas,
once libras, descubrí un día en que lo puse
en la balanza de hierro negro
que mi madre solía guardar en la cocina,
la máquina en que ponía
una cierta cantidad de harina,
una cierta cantidad de pescado.
Abierto sobre mi falda
bajo el halo de la lámpara,
un libro como este siempre tiene maneras
de calmar los nervios,
callando la turbadora espuma de información
que se alza en torno mi cintura
y aunque nunca menciona
las labores silenciosas de los pobres,
las quimeras de fruteros y sastres,
o las caras de hombres y mujeres solos en habitaciones-
aunque nunca menciona a mi madre,
ahora que pienso en ella,
que el año pasado se desprendió del borde de la tierra
en su cama eléctrica,
en su camisón rosa suave
trabados los huesos de sus dedos,
sus ojos hundidos mirando hacia arriba,
más allá de todo conocimiento,
más allá de las minúsculas figuras de la historia,
algunas de uniforme, otras no,
marchando por las páginas de este pesadísimo libro.
Billy Collins
En mi librería hay una sección para muerte,
y otra para la historia de Irlanda,
unas pocas estanterías con poemas de China y de Japón,
y en el centro una fila de imperturbables libros de referencia,
aquellos a los que uno puede ir siempre,
cuando la noche se equivoca
o el día es una promesa vacía.
No tengo nada en contra
del fino monográfico, o la extraña duda,
la nota sobre la identidad del dentista de Chejov,
pero lo que prefiero en días así
es sentarme en el sillón,
tomar La Historia del Mundo,
y tener entre mis manos un libro
que contiene casi todo
y no pesa más que un saco de patatas,
once libras, descubrí un día en que lo puse
en la balanza de hierro negro
que mi madre solía guardar en la cocina,
la máquina en que ponía
una cierta cantidad de harina,
una cierta cantidad de pescado.
Abierto sobre mi falda
bajo el halo de la lámpara,
un libro como este siempre tiene maneras
de calmar los nervios,
callando la turbadora espuma de información
que se alza en torno mi cintura
y aunque nunca menciona
las labores silenciosas de los pobres,
las quimeras de fruteros y sastres,
o las caras de hombres y mujeres solos en habitaciones-
aunque nunca menciona a mi madre,
ahora que pienso en ella,
que el año pasado se desprendió del borde de la tierra
en su cama eléctrica,
en su camisón rosa suave
trabados los huesos de sus dedos,
sus ojos hundidos mirando hacia arriba,
más allá de todo conocimiento,
más allá de las minúsculas figuras de la historia,
algunas de uniforme, otras no,
marchando por las páginas de este pesadísimo libro.
Billy Collins
sábado, 21 de abril de 2012
Que venga la cura
Oh, juntad los fragmentos
y traedlos hasta mi.
Fragancias de promesas
que nunca osaste hacer.
Las astillas que cargaste,
la cruz que dejaste atrás,
ven cura del cuerpo,
ven cura de la mente.
Que escuchen los cielos
el himno penitencial,
ven cura del espíritu,
ven cura de la carne.
Contemplad las puertas de la piedad
en espacios arbitrarios
los de aquí no somos dignos
de la crueldad o de la gracia.
Oh, soledad del anhelo
donde el amor ha sido confinado,
ven cura del cuerpo,
ven cura de la mente.
Oh, ved la oscuridad que cede
para desgarrar la luz
ven cura de la razón,
ven cura del corazón.
Oh, sufrimiento que esconde
un amor sin división,
el corazón de abajo enseña
al corazón quebrado de arriba.
Que los cielos balbuceen
y que la tierra proclame,
ven cura del altar,
ven cura del nombre.
Oh, anhelo en las ramas
por poder alzar el brote,
oh, anhelo de las arterias
por purificar la sangre,
Y que escuchen los cielos
el himno penitencial,
ven cura del espíritu,
ven cura de la carne.
Y que escuchen los cielos
el himno penitencial,
ven cura del espíritu,
ven cura de la carne.
PÓQUER
"La
vida es como una partida de cartas"
-
Dicho popular
Y
yo no sé qué cartas tengo...
aunque
no guardo ases en la manga,
desconozco
qué reglas dan victorias,
ni
construyo escaleras, ni vivo en casas llenas,
por
no tener no tengo ni pareja,
ni
ases en la manga, ni flores imperiales.
Voy
borracho y me apoyo en los faroles,
nunca
he osado apostar al todo o nada
mi
jugada de escasos corazones,
los
últimos diamantes de mi mano,
el
punzante terror de mis espadas.
Como
un trébol marchito viajo ciego,
el
viento que me arrastra es un extraño
que
obliga a flopear mis sucias manos.
Apuesto
sin saber por qué,
juego
en una partida que no entiendo
el
humo de un cigarro impide ver
las
fichas que se mueven en la mesa,
el
rostro del mafioso contrincante,
las
tenebrosas garras del croupier
blandiendo
la carta de la muerte.
- Sergio
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PÓQUER
"La
vida es como una partida de cartas"
-
Dicho popular
Y
yo no sé qué cartas tengo...
aunque
no guardo ases en la manga,
desconozco
qué reglas dan victorias,
ni
construyo escaleras, ni vivo en casas llenas,
por
no tener no tengo ni pareja,
ni
ases en la manga, ni flores imperiales.
Voy
borracho y me apoyo en los faroles,
nunca
he osado apostar al todo o nada
mi
jugada de escasos corazones,
los
últimos diamantes de mi mano,
el
punzante terror de mis espadas.
Como
un trébol marchito viajo ciego,
el
viento que me arrastra es un extraño
que
obliga a flopear mis sucias manos.
Apuesto
sin saber por qué,
juego
en una partida que no entiendo
el
humo de un cigarro impide ver
las
fichas que se mueven en la mesa,
el
rostro del mafioso contrincante,
las
tenebrosas garras del croupier
blandiendo
la carta de la muerte.
- Sergio
jueves, 22 de marzo de 2012
MASS MEDIA
Proclaman los tontos atentos, el talante de la antena dominante,
que va por delante, que cuadra el cuadrante, que canta su cante,
rebate el debate, se tira al gaznate, prohibido quedar en empate.
El oro fluctúa, el ejército evacúa, quiebra la grúa, cae la garúa,
sube el tomate, golpe de bate, vuelve a marcar el magnate.
Lleva a cuestas las encuestas, trepa la cresta de la apuesta,
estallan las protestas, preparan las ballestas,
cuidado que va a haber violencia. Que empiece la fiesta,
que toque la orquesta, vamos a quemar la floresta.
Inflación, decreción, depresión, terrores, tumores, errores,
corrupción, desazón, explosión, que peten los televisores.
Huracán, huracán, el euro lucha contra el yuan,
los banqueros consultan al chamán, hay que subir el pan,
albarán, al diván, qué desmán, qué dirán los del Corán,
los mercados, los prelados, los grandes magistrados.
Ruido, ruido, estruendo in crescendo, dolor sin remiendo,
yo pido silencio, yo pido misterio,
me voy a largar al monasterio.
Al retiro.
Me piro.
Proclaman los tontos atentos, el talante de la antena dominante,
que va por delante, que cuadra el cuadrante, que canta su cante,
rebate el debate, se tira al gaznate, prohibido quedar en empate.
El oro fluctúa, el ejército evacúa, quiebra la grúa, cae la garúa,
sube el tomate, golpe de bate, vuelve a marcar el magnate.
Lleva a cuestas las encuestas, trepa la cresta de la apuesta,
estallan las protestas, preparan las ballestas,
cuidado que va a haber violencia. Que empiece la fiesta,
que toque la orquesta, vamos a quemar la floresta.
Inflación, decreción, depresión, terrores, tumores, errores,
corrupción, desazón, explosión, que peten los televisores.
Huracán, huracán, el euro lucha contra el yuan,
los banqueros consultan al chamán, hay que subir el pan,
albarán, al diván, qué desmán, qué dirán los del Corán,
los mercados, los prelados, los grandes magistrados.
Ruido, ruido, estruendo in crescendo, dolor sin remiendo,
yo pido silencio, yo pido misterio,
me voy a largar al monasterio.
Al retiro.
Me piro.
viernes, 9 de marzo de 2012
EL VINO DEL ASESINO
Mi mujer está muerta y ya soy libre
me puedo emborrachar hasta caerme,
sus gritos no retumban en mi mente,
su llanto ya no mancha las paredes.
Mi mujer está muerta y ya soy libre,
sus ojos de cansancio no me siguen,
el olor de su cuerpo ya no existe,
arrojé sus vestidos a las llamas.
Aunque no exista amor en este cuento,
tiene un final muy bello, hay una jaula rota:
fue fruto del azar, un segundo, un instante,
oigo crujir su cráneo abierto,
una rosa de sangre en su cabeza,
un candelabro sucio de mi rabia
rodando con orgullo por el suelo.
Ya nunca volveré cansado a casa,
ya nunca apuraré los cigarrillos,
miradme, vivo libre y solitario,
puedo cantar igual que un ángel,
puedo cagar igual que un perro,
puedo reírme igual de Dios, del cielo,
como de humanos juicios, de grandes moralistas.
La he matado, no importa, el sol sigue saliendo,
y la paz de este vino me acompaña.
Mi mujer está muerta y ya soy libre
me puedo emborrachar hasta caerme,
sus gritos no retumban en mi mente,
su llanto ya no mancha las paredes.
Mi mujer está muerta y ya soy libre,
sus ojos de cansancio no me siguen,
el olor de su cuerpo ya no existe,
arrojé sus vestidos a las llamas.
Aunque no exista amor en este cuento,
tiene un final muy bello, hay una jaula rota:
fue fruto del azar, un segundo, un instante,
oigo crujir su cráneo abierto,
una rosa de sangre en su cabeza,
un candelabro sucio de mi rabia
rodando con orgullo por el suelo.
Ya nunca volveré cansado a casa,
ya nunca apuraré los cigarrillos,
miradme, vivo libre y solitario,
puedo cantar igual que un ángel,
puedo cagar igual que un perro,
puedo reírme igual de Dios, del cielo,
como de humanos juicios, de grandes moralistas.
La he matado, no importa, el sol sigue saliendo,
y la paz de este vino me acompaña.
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